Caminata consciente

Por Andrea Loescher

¿Cuántas veces a lo largo del camino de nuestras vidas nos encontramos atrapados en los hechos de nuestro pasado o en los objetivos que queremos lograr a futuro, y nos ponemos ansiosos por lo que sucederá? Si observamos con detenimiento, veremos que tanto el pasado como el futuro absorben gran parte de nuestro día, y de nuestra energía mental. La realidad es que pocas veces estamos realmente presentes en el aquí y ahora, conscientes de lo que está sucediendo mientras está sucediendo, sintiendo el perfume del champú y disfrutando mientras masajeo mi cuero cabelludo, por ejemplo, o saboreando plenamente una pasa de uva a medida que se va deshaciendo en mi boca…

No tenemos el hábito ni sabemos cómo hacerlo, porque no nos lo han enseñado, y porque vivimos en una sociedad donde se premian la velocidad y el resultado final por sobre el proceso. Sin embargo, cuando nuestros ojos están puestos exclusivamente allí adelante, en la meta o el destino que queremos alcanzar, el futuro absorbe tanto nuestra atención que nos desconectamos del paso que estamos dando ahora, y entonces perdemos de vista que, como explica Eckhart Tolle, la vida no consta sólo de un propósito externo (las diferentes metas que uno se va poniendo y las decisiones que va tomando), sino de un propósito interno, que no tiene que ver con qué estoy haciendo sino con cómo. No tiene nada que ver con el futuro, sino con el estado de conciencia o de presencia que tengo en este momento. Esta es justamente la esencia de Mindfulness.

 Testigo atento

Traducido al español como “conciencia plena” o “atención plena”, Mindfulness es una práctica que nos entrena y nos invita a prestar atención en el momento presente con intención, con una actitud de aceptación, curiosidad y compasión. Quiere decir estar aquí tanto física como mentalmente (es decir, en este caso leyendo este artículo y no pensando en lo que me sucedió hace un rato o en lo que tengo que hacer después), atentos a lo que está sucediendo tanto en nuestra experiencia interior como en nuestro entorno, sin juzgar y sin reaccionar. Simplemente siendo “testigos atentos”.

Es una experiencia contemplativa que nos permite conectarnos con nuestro cuerpo, pensamientos y emociones con mayor presencia, y valorar el momento presente como el único momento donde podemos cambiar o tomar decisiones, en definitiva el único momento que verdaderamente existe.

Y una de las prácticas formales de Mindfulness, junto con el escaneo corporal y la meditación sentados, es la caminata consciente (en inglés, mindful walking). Algunos se refieren a esta práctica directamente como “meditación caminando”. Es importante aclarar que si bien Mindfulness está basado en la filosofía y prácticas budistas, ha sido sacado del contexto religioso, y tiene una aplicación amplia a la vida del occidental que busca aquietar su mente y reducir el estrés, sea cual sea su orientación religiosa. En este contexto, la palabra “meditación” se usa en un sentido amplio, refiriéndose básicamente a la capacidad de estar presentes y tomar conciencia de nuestros pensamientos, por ejemplo mientras caminamos.

Disfrutar cada paso

Al igual que con cualquier otra actividad que realicemos en nuestra vida cotidiana, la idea central es estar plenamente presentes mientras realizamos esa actividad. Solemos caminar apurados y en piloto automático, pensando en el lugar al que nos dirigimos. Por el contrario, esta práctica nos invita a soltar el destino al cual queremos llegar (que nos focaliza hacia el futuro) y a disfrutar de cada paso que compone esa caminata, en el momento presente. Practicada regularmente, nos ayuda a bajar los decibeles y reducir la ansiedad, nos entrena para llevar la atención a donde le indiquemos a nuestra mente, y nos conecta con el momento presente para aprender a disfrutar más de cada cosa que  hacemos.

Práctica de caminata consciente

¿Te animás a probarlo ahora mismo? Sólo lleva unos minutos, tantos como quieras destinar a esta experiencia, y los pasos son muy simples. Para evitar distracciones al principio, se sugiere elegir un lugar calmo, donde no haya gente que nos distraiga, si es posible en contacto con la naturaleza y con los pies descalzos, aunque también se puede realizar en la ciudad, mientras estamos comprando en el supermercado, o en el living de nuestra casa. En realidad el ambiente externo no es tan importante como el cambio en la atención, que será una experiencia interna.

  1. Comenzá parado firmemente en el suelo. Observá tu eje central: hacé un pequeño balanceo en el lugar de un lado al otro, y de adelante hacia atrás hasta encontrar el punto medio. Sentí tu columna erguida pero sin esfuerzo, en conexión con el cielo y con raíces firmes en la tierra. Prestá atención al ritmo de tu respiración, sin querer cambiarlo, percibiendo el aire que entra y que sale de tu cuerpo de forma natural.
  2. Observá el pensamiento que precede al movimiento, la idea mental de que vas a levantar uno de tus pies, y muy lentamente comenzá a levantarlo, percibiendo el movimiento interno en el pie, en la rodilla, en la cadera, qué pasa con el equilibrio mientras ese pie está en el aire, hasta que lo apoyás adelante, sintiendo qué parte del pie se apoya primero, el contacto con el suelo o las sensaciones dentro del zapato, y el cambio de equilibrio cuando el peso de tu cuerpo cambia hacia ese pie. Es importante saber que cuanto más lento realices este movimiento, mayor será el espacio que se creará para entrar en conexión con las sutilezas de lo que está sucediendo en tu cuerpo.
  3. Continuá con 2 o 3 pasos más a esta velocidad, como en “cámara lenta”, observando tu postura, el contacto de la ropa contra tu piel, cómo acompaña el movimiento el resto de tu cuerpo, brazos, hombros, si notás tensión en algún lado, qué sucede con tu respiración… Notá también si se produce algún cambio en tu estado emocional, si tal vez te sentís raro, incómodo, relajado, liviano o pesado. Recordá no juzgarte: no hay ninguna forma de hacer este ejercicio que sea “la correcta”, ni ninguna emoción que sea mejor que otra. La idea es activar esa conciencia que es testigo y puede darse cuenta de lo que está sucediendo momento a momento.
  4. Podés luego llevar la atención al entorno: sentir los aromas del lugar, observar la diversidad de colores que te rodea, la temperatura del aire en tu cara, los sonidos lejanos y los cercanos. Con sólo dirigir tu atención allí, notarás todo lo que hay a tu alrededor y todo lo que estaba sucediendo sin que fueras consciente de ello.
  5. Por último, observá qué tipo de pensamientos vienen a tu mente, qué frases, opiniones, ideas, recuerdos, y simplemente dejalos pasar. No dialogues con las ideas que surjan durante este ejercicio. Tomá conciencia de ellas, pero sin dejarte llevar, y volvé tu atención a tu respiración. Es posible que te encuentres perdido en tus pensamientos varias veces, y es normal. Volvé a la respiración una y otra vez.

El objetivo no es lograr tener la mente en blanco durante las meditaciones, sino simplemente tomar conciencia de cómo funciona nuestra mente y entrenarnos para que nuestra atención no se disperse. A medida que adquirís un poco más de ritmo al caminar, notá qué diferente es un paso del que sigue, y cuánto sucede en el medio… Como dice Thich Nhat Hanh en su libro Walking Meditation, “cada paso es un viaje en sí mismo, y cada paso es un ‘llegar’.”

Andrea Loescher es entrenadora en Mindfulness y manejo de estrés.

Más información en www.themindfullab.com 

Share

Join the discussion One Comment

Dejar un comentario