Qué es meditar (y por qué todos deberíamos hacerlo)

Por Santiago Sarceda

Lo primero que recomiendo para leer este texto es dejar de lado todas las ideas y creencias preexistentes que se tengan sobre la “meditación”. No pienses en monjes, ni yoguis, ni misticismo, ni religión, ni autoayuda. Este paso es muy importante porque las imágenes arquetípicas críticas no sirven más que como un filtro previo que dificulta incorporar nuevas ideas. Los prejuicios en general nunca son útiles fuera de los momentos en que se requiere una reacción inmediata –que es cuando dejamos de llamarlos “prejuicios” y los llamamos “instintos”–.

En mayo de 2016 me senté por primera vez a meditar y en el camino me empecé a interesar cada vez más en la práctica; investigué desde los aspectos neurológicos hasta los espirituales, y me sorprendí con los beneficios que noté en cuanto a mi bienestar físico y mental.

No recuerdo exactamente cómo llegué a decidir intentarlo, pero seguramente haya sido por algo que escuché o leí. Por eso me parece importante compartir mi experiencia, no porque sea especial, sino porque es personal y única, y tiene la intención de transmitir este hábito esencial a más personas.

Lo que sigue es un resumen propio de todo lo aprendido en mi corto camino. No pretende ser una guía definitiva, pero creo que puede ser muy útil para cualquier persona que esté intentando adquirir el hábito de meditar.

Qué no es y qué es meditar

Meditar no es “pensar en nada”. Meditar es dirigir el foco de atención a un punto y volver a él cada vez que la atención vaya con un pensamiento. Si te queda un sólo aprendizaje de este texto, debería ser este.

La primera reacción que se suele tener frente a la primera meditación es pensar en que “no puedo dejar de pensar”, y cada vez que nos encontramos pensando en algo, intentar dejar de pensar. El problema es que no podemos “forzar” el “no pensar”. Si intentamos no pensar, lo único que vamos a lograr es pensar todavía más. Es necesario comprender que los pensamientos surgen espontáneamente en nuestro cerebro. La única manera de lograr que los pensamientos surjan en menor medida es no “alimentarlos” con nuestra atención.

Si nos encontramos pensando en algo, debemos simplemente entender al pensamiento como una nube o una ola y dejarlo pasar, volviendo nuestra atención al foco de la meditación. Una y otra vez.

Como si estuviéramos al costado de un río viendo el agua pasar. O sobre una torre mirando autos pasar. No somos nuestros pensamientos. El objetivo es observarlos sin juzgarlos.

Cómo meditar

La práctica de la meditación consiste en focalizar nuestra atención en un punto definido. Cada vez que nos encontremos siguiendo el hilo de un pensamiento, nuestras instrucciones son: notar que estamos siguiendo un pensamiento, clasificar esta distracción en “pensamiento” o “sentimiento” e incluso si se trata de un pensamiento o sentimiento “positivo” o “negativo” –este paso es opcional; al principio de nuestra práctica quizá sea mejor obviar este paso– y finalmente volver la atención al foco de la meditación.

El foco de la meditación puede ser la respiración –mi preferida– (contando de 10 a 1, notando cómo se infla y desinfla el abdomen o sintiendo cómo entra y sale el aire por los orificios de la nariz), un punto fijo (como la llama de una vela), un mantra (una frase repetida mentalmente). Lo importante es estar en todo momento concentrado en un punto o acción específica.

No hace falta sentarse en posición de loto ni seguir ningún tipo de ritual; no es recomendable meditar acostado porque es muy fácil quedarse dormido (a menos que estés en la cama con insomnio), y la meditación debe ser activa.

Meditación no es relajación. Se puede meditar sentado en una silla, pero el cuerpo debe estar en una posición activa; la instrucción más clara es “sentarse con dignidad”.

Para qué meditar

Como toda práctica, la meditación es el entrenamiento de una habilidad. Y la habilidad que entrenamos con la práctica de la meditación es la de controlar nuestra atención. Cuanto más control tengamos sobre nuestra atención, mayor control tendrá nuestra mente consciente sobre la inconsciente.

Esto es importante porque el 90% (aproximadamente, obviamente) de nuestras acciones son hábitos inconscientes; desde qué desayunamos hasta cómo respondemos frente a un problema, son hábitos de comportamiento y hábitos emocionales que a su vez determinan en gran parte el curso de nuestra vida; hay por supuesto factores externos sobre los cuales no tenemos control, pero como bien lo señala la filosofía estoica, siempre tenemos control sobre nuestra respuesta ante esos factores externos. Ante un mismo estímulo, dos personas pueden reaccionar de maneras completamente distintas.

Cómo podemos modificar nuestros hábitos

La única manera de modificar nuestros hábitos es primero observarlos (esencialmente para determinar si son positivos o negativos para nuestra vida) y luego actuar conscientemente de otra manera frente a la misma situación. Después de actuar en repetidas oportunidades conscientemente de una manera distinta a la que actuaríamos inconscientemente, habremos reemplazado un hábito inconsciente por otro.

Controlando nuestra atención entonces podemos modificar hábitos conscientemente y así dejar de fumar, hacer más ejercicio, escribir o leer más, enfrentar miedos y sobre todo adoptar el hábito más útil y satisfactorio de todos, estar presente.

Qué es “estar presente”

Un hábito común a todos los seres humanos es pensar en el pasado e imaginar el futuro. El problema de esto es que usualmente cuando recordamos el pasado lo hacemos con arrepentimiento, y cuando proyectamos el futuro lo hacemos con preocupación. Lo único que logramos haciendo eso es sentirnos mal ahora por eventos que no están sucediendo ahora.

La reflexión y la planificación son útiles y necesarias, siempre y cuando se hagan conscientemente y con el fin de aprender, resolver problemas lógicos o trazar planes para alcanzar objetivos concretos. Los errores no determinan nuestro valor, sino que deben funcionar como un aprendizaje que nos permita continuar modificando nuestro accionar hasta alcanzar nuestros objetivos. Estar todo el día preocupado por una situación potencial imaginaria o castigándonos por un error cometido en el pasado sólo sirve para vivir con ansiedad y depresión.

Al entrenar con la meditación la habilidad de notar que estamos perdidos en un pensamiento y volver nuestra atención al momento presente, estamos entrenando nuestra capacidad de vivir más en el momento presente.

Cómo empezar a meditar

El mejor consejo para empezar cualquier hábito es concentrarse en hacer lo más chiquito posible; en este caso, meditar un (1) minuto por día.

Tu mente racional seguramente empiece a pensar en que “un minuto es muy poco, mejor hago diez”. El problema es que eso te puede llevar a “fallar” (*) en esos diez minutos de meditación, notar que no dejaste de pensar ni un segundo durante esos diez minutos, creer que “meditar no es para vos” y en consecuencia abandonar el intento de adquirir el hábito de meditar. (* la única meditación fallida es la no hecha).

Para comenzar a formar el hábito de meditar (o cualquier hábito), es imprescindible primero crear el hábito de hacerlo todos los días. Cuánto tiempo lo hagamos, o si lo hacemos “bien” o “mal” no es importante durante los primeros días. Para establecer un hábito, lo más importante es la consistencia diaria durante un tiempo prolongado de tiempo. Lo importante es elegir un momento del día en el que podamos estar tranquilos, en silencio y sin distracciones (apagar alarmas, notificaciones y avisar a familiares, parejas o compañeros de convivencia), sentarse y hacerlo durante un minuto. Al otro día, hacerlo durante dos minutos. Y así incrementar el tiempo día a día, hasta llegar a los diez minutos.

Lo más sencillo y útil es usar el cronómetro del smartphone para no sumar pensamientos como “cuánto tiempo habrá pasado”. Después de un tiempo de practicar diariamente, los caminos que podés tomar en tu práctica son infinitos, y seguramente impulsado por los beneficios evidentes sientas interés en explorar otras técnicas meditativas o incrementar el tiempo de tu práctica.

Conclusión

Meditar es un hábito higiénico, como lavarse los dientes. La única diferencia es que no estamos cuidando nuestra dentadura, sino que estamos cuidando nuestra mente, que es en definitiva con la que creamos nuestra realidad. Por eso es que la meditación es una práctica esencial para todo ser humano. Y si todavía no lo crees, probalo. ¿Qué tenés para perder?

 

Santiago Sarceda es emprendedor y consultor.

Podés leer más aquí : www.santiagosarceda.com

Share

Dejar un comentario