Meditar en medio de la naturaleza

 

Cualquier entorno natural ofrece la maravillosa posibilidad de ayudarnos a relajar el cuerpo y calmar la mente. Sea frente al mar, en un bosque o en medio de un parque, podemos recuperar nuestra armonía perdida.

Por eso, cuando estamos caminando por la orilla del mar y escuchamos las olas o sentimos el sol en la piel,  o si nos sentamos sobre una piedra entre árboles y montañas, y respiramos el aire fresco del amanecer, no hace falta que usemos una técnica de meditación formal. Con sólo abrir los sentidos y conectarnos con lo que vemos, olemos, tocamos y oímos, se produce una profundización de nuestra conciencia que nos transforma y nos serena.

El silencio de una noche estrellada, la armonía de los sonidos de aves, insectos y aguas que fluyen, o la presencia pura y natural de plantas y flores son capaces de lograr lo que nuestro esfuerzo a veces no consigue: la mente se calma y nos olvidamos de nuestros problemas y preocupaciones, disfrutamos de la conexión con lo que nos rodea, disminuye nuestra tensión y empezamos a respirar más lento y profundo. De a poco nuestro corazón se va llenando de gratitud y aprecio.

Sin saberlo, todo lo que nos rodea nos está enseñando a meditar. Toda la naturaleza nos muestra cómo estar quietos o en movimiento sin salirnos de nosotros, ni perdernos en nuestros pensamientos. Una abeja que liba sobre una flor, está haciendo sólo eso. Una gaviota que surca el cielo está haciendo sólo eso. Y cuando dejamos de pensar en el pasado o en el futuro, nosotros también volvemos a ser parte consciente de ese mundo natural y participamos de su plenitud y sencillez. Cuando meditamos en la naturaleza, volvemos al lugar al que pertenecemos, y todo es una invitación constante a volver a nosotros, a nuestra naturaleza más íntima. ¿Cuántas veces quedamos sin habla frente a un paisaje conmovedor o se detiene nuestro pensamiento especulativo ante la maravilla de un encuentro con animales silvestres? Es entonces cuando sentimos la presencia de algo más significativo y profundo.

La propuesta es meditar en medio de la naturaleza todas las veces que puedas, y recurrir a ella para restaurar tu cuerpo, recuperar tu energía y volver a sentir la fuerza de tu corazón. No es necesario vivir en un bosque ni junto al mar. Con sólo cruzar la avenida y sentarnos en una plaza, o bajo un árbol en algún jardín, algo alejados del bullicio, podremos conectarnos con la naturaleza, para que con dulzura nos recuerde la vida natural que hay dentro de nosotros.

Para ayudarte en esta rica práctica, te proponemos algunas consignas para empezar a conectarte con tu entorno:

  1. Elegí un lugar cómodo que te interese o que te atraiga. Es importante sentarse con comodidad como para poder permanecer quieto allí unos minutos. Permití que tus ojos recorran el espacio en el que te encontrás, simplemente mirando, sin pensar o interpretar nada de lo que ves. Captá los colores, las formas, las texturas y los matices. También observá la relación de cada cosa con lo que la rodea, incluso el espacio vacío que hay a su alrededor. Tratá de mirar todo, aunque sea un sitio familiar, como si lo vieras por primera vez, sin etiquetar ni juzgar nada de lo que ves. Si notás que te vienen pensamientos a la mente, apartalos con tranquilidad.
  2. Ahora podés desviar tu atención hacia lo que perciben tus oídos. Centrate en los sonidos de tu entorno, sin intentar identificarlos ni interpretarlos.
  3. Hacé lo mismo con las sensaciones de tacto: la brisa en la cara, la calidez del sol, el contacto con el pasto o la tierra.
  4. Finalmente, observá las imágenes, los sonidos y las sensaciones en su conjunto, evitando siempre que se interpongan otros pensamientos.
  5. Podés concluir esta práctica observando cómo te sentís tras esta experiencia.

¿Te sentiste en unidad y armonía con el entorno? ¿Notaste que tu entorno está más próximo o más lejano? Registrá tus sensaciones, y cuando estés listo, disponete a retomar tus actividades conservando el sabor de esta experiencia.

 

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